26 febrero, 2012

La reinvención de Hugo Blanco

Fue acusado de matar a tres policías y estuvo a punto de ser condenado a muerte. La solidaridad internacional lo libró del paredón. Más tarde, en el exilio, fue el candidato a la Constituyente más votado por la izquierda. Llegaría a ser diputado y senador. Hoy ya no cree en el marxismo ni en sus pequeños partidos, se declara ecologista y partidario del movimiento indígena. Vive en el Cusco y los sábados compra cañihua en el mercado de San Jerónimo.

 
Por Flor Huilca

Era el 24 de noviembre del 2011. La Confederación Campesina del Perú (CCP) esperaba al presidente Ollanta Humala para la clausura de su último congreso sindical. Días antes Humala había declarado en emergencia Cajamarca para frenar las protestas contra el proyecto Conga. El presidente ingresó al local por la misma puerta por donde un minuto antes Hugo Blanco había salido de prisa y molesto con la presencia del jefe del Estado. “No puedo estar al lado del presidente que manda tropas a enfrentar la lucha por el agua”, explicó el líder campesino ante el auditorio. Su protesta fue más allá y renunció a la presidencia del congreso campesino.

“No soy estúpido”, dice ahora el histórico líder campesino, recordando ese incidente. Estamos en la sala de reuniones de la CCP, en la Plaza Bolognesi, y Hugo se ha quitado el enorme sombrero que deja ver el blanco de sus cabellos. Recuerda que ese no fue el único gesto de solidaridad con los campesinos. Dos días antes el ministro de Agricultura, Luis Ginocchio, llegó para inaugurar el mismo congreso y Blanco también se fue. “No puedo compartir la mesa con el representante de un gobierno represivo”, protestó y se bajó de la mesa de honor.

“He sido consecuente con lo que pienso”, explica ahora mientras muestra su polo con el lema: ‘Perú no es minero’. “Claro que un ministro puede asistir a un congreso de la CCP, pero no cuando los hermanos de Cajamarca estaban en plena lucha”, argumenta.

Ese tipo de gestos abundan en la vida de este hombre que a sus 77 años ha sabido reinventarse y persistir. Hace más de una década dejó de predicar el marxismo. Hoy se define como un indígena quechua y un defensor del medio ambiente. “Antes luchaba por la justicia social, ahora lucho por la supervivencia de nuestra especie amenazada por la explotación indiscriminada de la naturaleza”, dice.

Salvado de la muerte

A Hugo Blanco hay que hablarle fuerte para que escuche claro. No recuerda cuántos años pasó en prisión, pero sí el periodo más largo y duro; fue a raíz de la toma de tierras en La Convención (Cusco) en 1960, lo que casi le cuesta la vida. Entonces lideró una revuelta contra los hacendados que terminó con tres policías muertos, la detención de los levantiscos y el reparto de tierras solo para el Cusco, en lo que fue un ensayo de reforma agraria.

Dice que llegó a La Convención por una “afortunada casualidad”. Militaba en el trotskista Partido Obrero Revolucionario (POR) y sus dirigentes lo enviaron al Cusco tras una protesta por la visita de Richard Nixon al Perú. Blanco pensaba que la clase obrera era el motor del cambio social. Tanto lo creía que fue obrero en las fábricas donde se debía fortalecer los sindicatos. En el Cusco, Blanco fue detenido cuando hacía colectas para carnetizar a los niños canillitas y fue confinado en una celda al lado de Andrés Gonzales, dirigente campesino de Chaupimayo, la convulsionada zona donde se inició la toma de tierras. “Me dijo: ‘a ti te soltarán en tres días pero a mí me mandarán a la cárcel; ya somos tres los dirigentes presos y tememos que retrocedan en la lucha’. Yo me voy, les dije, y preparamos mi partida”, cuenta.

Con sus dirigentes presos, los campesinos se declararon en huelga durante nueve meses para negociar con los hacendados nuevas condiciones de arriendo de las tierras. Algunos aceptaban pero otros amenazaban a los huelguistas con armas de fuego. Estos formaron autodefensas armadas para protegerse. La revuelta se desató luego de que un niño perdiera la vida de un balazo. La policía, recuerda Blanco, nada hizo frente al ataque de los hacendados. El sindicato le ordenó a la autodefensa ir a pedir cuentas. En el camino tomaron una comisaría para apoderarse de las armas pero se encontraron con un policía que resistió el ataque. “Aun cuando le dijimos que no le iba a pasar nada, él sacó su arma y tuve que disparar. Él también me disparó; un segundo más y el muerto era yo”, dice.

Los otros dos policías murieron en una emboscada posterior. Hugo Blanco no disparó, pero se atribuyó la responsabilidad. Por estas muertes fue procesado en Tacna. Cuenta que el gobierno le envió un emisario con el mensaje: “Usted se declara enfermo, nosotros constatamos que está enfermo y lo enviamos al país que usted elija”. La respuesta fue: “No, gracias. Estoy muy bien de salud”.

Uno de los magistrados del tribunal militar pidió pena de muerte para él. El país entero vivió pendiente del caso. “Dije que si la lucha por la tierra merece la muerte aceptaba la condena, pero que sea este –señalando al magistrado que pidió su ejecución– quien me dispare”, respondió. Jean Paul Sartre se solidarizó con él. La presión internacional fue tan intensa que lo salvó de la muerte. Fue sentenciado a 25 años de cárcel. En 1969, tras el golpe militar, Blanco fue liberado y expulsado a México.

La izquierda
La toma de tierras proyectó el liderazgo de Blanco en la izquierda peruana. Con Morales Bermúdez en el gobierno, participó en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978 y obtuvo la votación más alta del electorado de izquierda, sólo que no podía asumir su curul porque estaba en el exilio. Blanco volvió al país tras una campaña internacional. Fue Constituyente sin brillo, al igual que sus camaradas de izquierda. En 1980 fue uno de los protagonistas de las disputas internas que terminaron con la ruptura de la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI), una suerte de frente electoral de izquierda. Hugo fue uno de los cinco candidatos presidenciales (postuló por el Partido Revolucionario de los Trabajadores) y sacó apenas el 4% de votos.

Hugo Blanco habla poco de esta parte de su vida. Dice que el verticalismo y los reacomodos son hasta ahora los defectos más comunes de la izquierda y cita como ejemplo a la ex ministra de la Mujer Aída García Naranjo (Partido Socialista), hoy embajadora del Perú en Uruguay. Reconoce que fue un error la ruptura del ARI. Será por eso que ahora no le entusiasma mucho la recomposición de la izquierda. “No tengo relación con ellos. Creo que por allí ya no pasan las cosas; a mí me interesan los movimientos sociales”, argumenta.

Con los zapatistas

En su tránsito de troskista a indígena ecologista, fue fundamental su visita a los zapatistas en Chiapas. Cuando habla de esta visita, otra vez el brillo de la convicción vuelve a su voz y a su mirada. Cuenta que tuvo una reunión con el subcomandante Marcos y vio de cerca la experiencia de autogestión de los indígenas en su territorio. “Allí, dice, hay un gobierno profundamente democrático, donde manda el pueblo”. En la CCP ya son las siete de la noche y la secretaria dice que debe retirarse pero Blanco está lleno de optimismo contando su participación en la Marcha Nacional del Agua. Esa es ahora la bandera que enarbola Hugo Blanco en su camino. Ya no es troskista, aunque el fondo, admite, le ha quedado como aprendizaje “escuchar a la gente y participar en sus luchas”. Su única filosofía ahora es el buen vivir, el allin kausay en el idioma de los suyos, los indios.

Vivencias cusqueñas


Todos los sábados Hugo Blanco hace sus compras en las ferias de San Jerónimo, en el Cusco, donde vive con una de sus hijos. Compra sólo alimentos que traen los campesinos como harina de cañihua, harina de kiwicha y tarwi, porque no son transgénicos. Desde el 2006 es director del periódico Lucha Indígena, que se distribuye a nivel nacional. El resto de su tiempo lo dedica a la edición de folletos, a responder el correo electrónico y a revisar páginas web. Cinco de sus seis hijos viven fuera del país. Su última pareja, una activista del movimiento campesino, está en México y vendrá en mayo. “Como no me gusta tener cachos, hemos acordado que cada uno es dueño de su cuerpo”, dice.
 
Fuente: La Republica
Foto: Jonas Hulsens - CATAPA

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